sábado, 9 de diciembre de 2017

                                                     

                                                                                





                                                     LA SOLEDAD DE LA ARAÑA


                                                                              I
                                                                       
Ninguno de los operarios que aquel lunes de otoño, comenzaron a liberar de los grandes bloques de hormigón,  la en otro tiempo conocida como Avenida de la mar de basa, hubiera podido imaginar lo que esa mañana,  por otra parte sin nada especial, de cielo gris  y lloroso, como era de esperar por los meses de octubre en aquellas latitudes, iban a tener el privilegio de contemplar, con ojos eso sí, abiertos hasta rozar el dolor de tanto asombro. 
Dichos bloques, que una cesante empresa de ingeniería portuaria, depositase allí veinte años atrás, con la intención de construir un dique que después de drenar la basa acumulada por siglos, diese a la zona maritima la profundidad necesaria para recibir  barcos de hondo calado, se habían convertido en parte del barrio que los vecinos  utilizaban, en verano como superficies sobre la que dorar sus cuerpos al sol durante el día, y durante la noche, sin importar mucho una u otra estación, eran visitados por parejas, que aprovechaban la oscuridad, y las imposibles esquinas y recovecos, para amarse furtivamete. Eran también cofrades de este abortado puerto, chavales que se escondían para fumar sus primeros cigarrillos mientras hacían pellas,  vendedores de hachís al detalle, yonkis,  y  una nada desprecialble cantidad de perros  saltarines que desfogaban, correteando y ladrando hasta que el silbido de su dueño les reclamaba, para regresar a sus cálidos hogares,  a dormirtar sobre la alomfra,  hasta la deseada salida del siguiente día; que decir de los gatos, que tenían allí su habitat particular y se multiplicaban en sus oquedades.
La zona había sido bautizada de manera espontánea, sin champán ni alcade, como "La fortaleza" .  Nadie le impuso pues, este nombre, que fue quedando grabado en el subconsciente del barrio, y  así era reconocido, incluso en algún improvisado mapa orientativo, aquel abandonado proyecto cubista y paciente.
Era habitual por ejemplo, quedar con los amigos en La fortaleza antes de ir al centro comercial, ir a tomar el sol a La fortaleza, caminar para hacer un poco de ejercicio hasta La fortaleza o dar por supuesto  que los niños estarían jugando allí. En realidad proporcionaba una especie de resguardo o seguridad a aquellas gentes, que no imaginaban ya el paisaje del barrio, sin la irregular mole de piedra y aristas.
Cuando la decisión de retirarla fue comunicada a la asociación de vecinos, estos tomaron algunas medidas para evitarlo. Propusieron decorar  las caras  más visibles de los enormes cubos, por  pintores de cierto renombre, que se ofrecieron voluntarios y altruistas, y  conseguir asi una zona con valor artístico. Enviaron cartas a los ministerios pertinentes. Hubo petición de firmas y concentracion con velas. Hubo manifestaciones que recorrieron la ciudad y eran observadas con escepticismo,  por los que con ellas se topaban. Nunca recibieron respuesta. Sus denodados intentos de conservar La fortaleza, fueron menospreciados con ultrajante displicencia.  Todos sabían que  ese otoño, comenzarían las obras, y que nada podían hacer ya por evitarlo. Los más idealistas, en un último arranque de heroísmo, propusieron encadenarse en torno a La fotaleza, pero nadie respondió a esta llamada desesperada, pues era evidente, que cualquier intento de boicotear el plan del ayuntamiento estaba condenado al fracaso. De modo que vieron con tristeza y rabia contenida, como se acordonaba la zona, después de que dos enormes gruas tomasen posiciones.






Continuará el 09/01/ 2018

miércoles, 15 de noviembre de 2017












EL MIRLO


¡ Que belleza aquel pájaro

posado sobre el poste en el tejado,
bañado en el terciopelo azul
de la mañana nueva!
¡Que belleza aquel pájaro!
El plumaje negro, el pico amarillo...

Tenía todo el vuelo contenido en sus alas


begoña  casáñez clemente










domingo, 12 de noviembre de 2017

LA LINTERNA DE JACK

                                                        







                                                                                  






                                                            LA LINTERNA DE JACK


                                                                              I

Los escaparates de los colmados del barrio, lucían repletos de  caramelos de todos los


colores, brownies, pastel de Malvira, cakes de calabaza y de chocolate, galletas de


jengibre con forma de muñecos, decorados con líneas de azúcar que los los cambiaban


a momias, esqueletos, brujas... ¡ pero no podía oler nada!... Siempre en esa


fecha, las casas y los obradores, desprenden un agradable aroma  a especias que se


propaga por  las calles. Estaba seguro de que empezaba a acatarrarse.  


Al ver las vitrinas tan profusamente engalanadas, era inevitable acordarse de la niñez,


y a pesar de que parecía tener, una colonia de pájaros carpinteros dentro de la cabeza,


picoteando incansables el cráneo, no pudo evitar reirse, al recordar su infancia:


- ¡Qué felices, y  por lo mismo, ingenuos éramos! y  ¡como disfrutábamos en


Hallowen!- pensó.


El día de los muertos, aunque invariablemente terminaba con dolor de estómago,


-era este un precio que estaban dispuestos a pagar-, siempre había sido memorable.


Durante los días siguientes, mientras agotaban el botín de caramelos, revivían los


momentos en que lo habían conseguido. Soltó una carcajada, al recordar la noche


en que  Boris O'Sullivan, vestido de drácula, envuelto en una capa que era, en


realidad, la  falda de un viejo vestido de fiesta negro de su madre, la cara


embadurnada con un emplasto hecho de polvos de talco, harina y agua, dos hileras de


sangre pintada con rotulador, saliendo de las comisuras de sus labios, intentó besar a  


Brenda Sabini, quien como en un acto reflejo, le estampó en la boca, con un golpe


tajante, la manzana de caramelo que llevaba en la mano, gritándole:


- ¡Cretino marpione*!".


Boris, petrificado y dolorido, con los ojos vidriosos y seguramente


ruborizado debajo del maquillaje blanco, dirigiendo hacia él la mirada, preguntó, con


un hilo de voz a punto de quebrarse:


- ¿Qué me ha llamado?.




                                                            

                                                                 II



Se dio cuenta de que iba riéndose a carcajadas, de que la gente al verle, podría pensar


que algún maleficio le había vuelto loco, después de todo era el día de los muertos, y


las fuerzas del mal amenazaban con desatarse. Todo lo que pensaba le provocaba más


risa, la cual era cada vez más estrepitosa, se agachó en una esquina abrazándose a la


altura del estómago y estuvo a punto de vomitar. Sus ojos lloraban y sentía, como se


ahogaba por momentos, pero no podía parar.


Decidió regresar a casa,  le pediría un calmante al vecino. Ya saldría a comprarlos un


poco más tarde, después de todo, ninguna tienda estaba abierta.




Al pasar por la zapatería de la plaza, vio al señor  López  que levantando la mano,


pero mirándole muy serio, le saludaba desde el interior. Esto, no hizo más que


aumentar su ataque, ya histérico, de risa.  Gracias a Dios, López era la única persona


que le había visto en esas condiciones. No se veía ni un alma por la calle, aunque


estaba seguro de que más de uno le estaría observando detrás de las cortinas, después


de todo, en los pueblos pequeños, la gente vigila la calle tras  las cortinas, y en estos


momentos, él era uno de los blancos preferidos para este furtivo entretenimiento.


Acababa de llegar de Europa, y todo el mundo hablaba de su fulgurante carrera.



¡Que seriedad la del señor López!. Recordó a su mujer que era muy guapa,  y que


tenía un largo pelo negro que  brillaba al sol, cuando se sentaba a la puerta de la tienda, en


los dilatados atardeceres del verano. Vestía siempre muy colorida y olía a jazmines.


Habían llegado de México hacía ya muchos años, y se habían instalado en el pueblo,


parece ser, que para siempre. De hecho ,hubiese jurado, que había oído decir que  


López  había muerto. Pero era evidente que no.


Volvió a reir  con carcajadas histéricas.




   

                                                           III



El viento había hecho rodar la linterna de Jack que había colgado en el porche.


Entró y se sentó en la cocina.


El grifo goteaba sobre los platos sucios.


El dolor de cabeza había remitido. Pensó en ducharse y salir a desayunar  al café 


Pomo.             



La puerta de su habitación estaba entreabierta. Pudo ver los pies de alguien que


estaba tumbado en su cama. No tuvo miedo. No tuvo ninguna sensación. Tan solo


atravesó la puerta y se quedó contemplandose unos minutos. Sus ojos, fijos en el


techo. Ningún pensamiento, esto era evidente, transitaba su mente. Abrazaba su


estómago. La boca entreabierta. 




Cruzó frente al espejo, que no le reflejó.  







*Marpione: bribón, mujeriego.